Junio 17 a julio 3 de 2017

HISTORIA Y ORIGEN

 

Pasión y Vida de una Apoteosis (Por Adriano Tribín Piedrahita*)

AdrianoEl Festival Nacional del Folclor Colombiano nació antes que todo, como una gran aventura del corazón. Se concibió y se llevó a cabo del 23 al 29 de junio de 1959 con plena conciencia de estar corriendo uno de los más severos riesgos de orden público. Sin embargo allí reside toda su filosofía. El Tolima había soportado una de las más crueles y absurdas formas de violencia política, su sociedad estaba resentida, fracturada. Los odios llegaron, inclusive, a afectar las relaciones familiares. En la prensa nacional y en todos los medios de información extranjeros se hacía aparecer al pueblo del Tolima como una caterva de facinerosos y asesinos. Jamás se vio más escarnecida y deteriorada nuestra imagen ni afectada más hondamente nuestra propia identidad social y cultural.

Varias veces se me había pedido hacer este relato pero sistemáticamente me había negado a hacerla, principalmente por dos razones: la primera porque me ha parecido detestable y antipático tener que escribir en primera persona y segunda, porque me ha asaltado el temor de cometer involuntarios olvidos que, pudieran considerarse como mezquinos egoísmos, ajenos totalmente a mi temperamento. Hoy me han convencido de escribirlo, teniendo en cuenta que en una obra que enaltecerá y enriquecerá el acervo cultural e histórico de Ibagué no podía faltar una referencia, siquiera, por breve que fuera para exaltar un acontecimiento que nos permitió a los tolimenses salir a todos los caminos a dar voces de orgullo.

Olvidado en los polvorientos anaqueles del archivo municipal, existía un Acuerdo dictado por el Concejo, a iniciativa del edil Enrique Silva Cabrera, que ordenaba la realización de un festival folclórico de carácter eminentemente doméstico. Se trataba de estimular en Ibagué y en sus veredas nuestro versátil y característico amor por los valores tradicionales y autóctonos y nuestra inagotable vena vernácula, llena de música, de misterio y de colorido.

Algunos concejales, encabezados por Néstor Hernando Parra, tomaron la iniciativa de que se diera cumplimiento a lo dispuesto por el Cabildo, llevando a cabo la ejecución del I Festival Folclórico de Ibagué. Me fue ofrecida, espontánea y generosamente su planeación, organización y realización. Más adelante hablaremos de los desarrollos propios del certamen, de intima pobreza y categoría que se pensaba llevar a cabo. Pedí un tiempo para tomar una decisión pero mi criterio era el de exponer un amplio plan, que se salía de lo monótono y trivial para convertir el Festival en un espectáculo de esplendorosa categoría. Propuse estudiar más a fondo el asunto y aprovechar más bien la oportunidad para realizar un Festival de altísimo nivel cultural, pero por sobre todo, para que nuestro pueblo se mostrara realmente como es. Es decir, que el festival no fuera un pasajero y modesto episodio de entre casa para convertirse en un evento de honda raigambre nacional, con una connotación especial de nuestra idiosincrasia y de nuestro espíritu libertario, altivo o y generoso, jamás vinculado a un crimen atroz.

Mi propuesta, hecha a finales de 1958 contó, como era natural, con la oposición respetable de núcleos sobresalientes de nuestra sociedad y desde luego, la de los pesimistas y llorones de siempre. Ya se trataba de una confrontación que solamente dirimiría el pueblo. Expuse en varios foros mis opiniones: en la Universidad, en los colegios, en el Conservatorio, en el Concejo, en la plaza pública. Se empezaba a formar ya un formidable fenómeno de opinión que rebasaba con creces las ya debilitadas fuerzas de la oposición delirante.

El gobernador estaba al frente de esta situación y temía que lo que se estaba haciendo era un acto de secreta felonía para causarle daño a su administración. Busqué, por tanto, todos los caminos de la persuasión para defender mi propuesta pero el gobierno se mostró impermeable a toda clase de razones. Los empresarios del odio habían logrado envenenarlo. Algo más: se llegó hasta a amenazarme a y responsabilizarme de lo que pudiera pasar si insistía en el proyecto tal como lo había concebido. El terrible riesgo consistía en sacar el pueblo a la calle, sin ninguna limitación, para que la alegría fuera la terapéutica salvadora de aquella situación de conflicto.

Partiendo de los estadios irreconciliables no quedaba más remedio que empezar a dirimir la disputa por medio de los primeros actos de presión. Convoqué, con los amigos del plan, a un Cabildo Abierto, para que fuera el pueblo quien diera la última palabra. Este se tomó las calles y las plazas y llenó la de Bolívar hasta las banderas. Había orquestas, tríos, duetos, estudiantinas, tunas, etc. Y, por sobre todo, un pueblo aplastado por la tragedia de una violencia, buscando una válvula de escape a sus "duelos y quebrantos".

A la plaza de Bolívar no le cabía un tinto y una multitud empezaba a llenar la carrera tercera, en apoyo a los congregados de la Plaza Mayor. Mientras tanto en el Concejo se libraba candente debate entre dos sectores, encabezado el uno por el profesor Ismael Santofimio y el otro por el doctor Eduardo de León. En la calle, la música poblaba el aire y cada vez más la multitud se arremolinaba en ella, en medio de un espectáculo de dignidad y alegría. Ya se presentía que la oposición estaba derrotada.

Eran las diez de la noche cuando terminó en el salón del Concejo el Cabildo Abierto y las gentes comenzaron a desfilar por la carrera tercera hasta el Hotel San Jorge, residencia del Gobernador Parga Cortés quién aceptó recibir una comisión para dialogar sobre el asunto. Integrada la comisión, expresé nuevamente mis puntos de vista y expliqué porque el pueblo llenaba las calles. Hasta las cuatro de la madrugada duró el dialogo, donde cada vez era más comprensiva y blanda la posición del gobernador. Mi posición era firme y resuelta: la lucha emprendida no era producto de nada pequeño, ruin o mezquino. Se trataba de sacar dentro de una charca de sangre la cara linda del Tolima, corriendo el riesgo, eso sí, de que odios y resentimientos recónditos pudieran aprovechar la oportunidad para desbordarse y terminar en una nueva violencia. Yo era consciente de ello y en tal razón mi actitud hacia la posición del gobernador fue siempre comprensiva y realista. Como responsable de la guarda del orden público Parga tenía razón. Mis argumentos eran, desde luego, audaces y atrevidos.

Todo lo anterior permitió que finalmente el gobernador acordara como fórmula llevar el asunto ante el Presidente Lleras Camargo y prometió solicitar la audiencia, la cual fue concedida para el martes siguiente. Mi plan necesitaba contar con un aliado de alta significación y fue así como llamé telefónicamente al ex presidentes Darío Echandía, quien prometió recibirme al día siguiente. Viajé a Bogotá y dialogué ampliamente con el Maestro, quien se mostró partidario y entusiasta del proyecto. "Yo hablé con el Presidente" me dijo. "Cuando ustedes vengan el martes estará ampliamente informado por mí no solamente del problema planteado, sino de mi franco respaldo a la iniciativa, tal como usted la ha concebido". Me guardé este secreto bien guardado.

El 14 de febrero se realizó la entrevista con el señor Presidente. Cómo no recordar aquí con gratitud la presencia de Aída Saavedra de García, Amina Melendro de Pulecio, Leonor Buenaventura de Valencia, que decoraron con su presencia la comisión y respaldaron la iniciativa con fervor ante el señor Presidente. El doctor Alberto L1eras Camargo nos recibió gentilmente y escuchó las diversas opiniones. Finalmente el gobernador Parga Cortés expuso sus razones y yo las mías. Todo dentro de un ambiente cordial, dónde resplandeció, a pesar de las hondas diferencias, nuestra voluntad de acierto.

Lleras Camargo, en un momento dado, dirigiéndose a mí pregunto:

¿Cuántos policías adicionales necesitan para las festividades? Yo le conteste: "¡Ninguno señor Presidente! El pueblo tolimense se encargara de cuidar su fiesta y exaltar los motivos que nos llevan a correr con todos sus riesgos, esta aventura del corazón".

El Presidente Lleras sonrío y dijo: "No hay duda de que a los Tolimenses no se les puede negar la celebración de su San Juan y su San Pedro. Usted gobernador, tomara las decisiones de rigor y vamos a realizar el festival como lo quieren sus organizadores". La suerte estaba echada. Había ganado el pueblo del Tolima. Al concluir la entrevista de Palacio, invite al gobernador Parga Cortés, quien nada sabía al respecto, a que visitáramos al ex presidente Echandía. Aceptó complacido y nos fuimos hacia su casa en Teusaquillo. Allí nos recibió el maestro y oyó nuestros comentarios. Parga parecía estar echando el cuento, pero Echandía ya estaba enterado de todo y había sido prácticamente, el guardián de nuestra propuesta. Dirigiéndose a mí me dijo: "Haga eso y saquen el proyecto del terreno de la controversia y la disputa. Yo lo acompaño a hacer lo que sea necesario porque pocas veces encuentra un hombre que tenga tanta fe en el alma de su raza". Y volviéndose hacia el gobernador Parga Cortes le recordó que a la grave enfermedad de la violencia había que atacarla con remedios drásticos y audaces. "Valla, mi querido Rafi y trabajen juntos porque la solución de los males del Tolima puede estar ahí. La curación por el espíritu fue una recomendación de los filósofos antiguos".

Regresamos a Ibagué y esa noche, en el comedor de mi casa, concentrado en mis pensamientos, llena ya el alma de responsabilidades, temores y optimismo, al mismo tiempo, con la fe puesta en el poder de recuperación del pueblo tolimense, no me dejo dormir una frase de mi esposa: "Si esto fracasa, donde diablos nos vamos a meter".

Pero mi convicción era muy clara. No queríamos seguir siendo tratados como asesinos y bandidos. Nuestra lucha estaba encaminada a demostrar que los Tolimenses somos un gran pueblo. Y así sucedió. Ahí está la historia. Solamente faltaría agregar en esta sucinta relación que años más tarde no habría necesidad de alojar en residencias particulares a candidatas e invitados especiales, porque la necesidad había creado el Hotel Ambalá, producto del festival. Y enorgullecemos de que Sonia Osorio hubiera dicho en un reciente reportaje en la revista Carrusel que: "el ballet de Colombia nació en Ibagué" y muchas cosas más. Pero esas son otras historias.

(*)Texto tomado del archivo personal de su hijo Adriano Tribín Paris.

DecretoHoy cuando han trascurrido cincuenta y un años, expresamos nuestro reconocimiento y voz de gratitud a todos y cada uno de quienes contribuyeron a materializar el proyecto. Gracias debemos a Aida Saavedra, asi mismo a las desaparecidas Leonor Buenaventura de Valencia y Amina Melendro de Pulecio, también y de manera especial al Maestro Darío Echandía, quien creyó desde el primer momento en la idea del visionario Tribín y no dudó en apoyarla. Gracias damos también, al exconcejal Enrique Silva Cabrera autor del Acuerdo que tenia como objetivo realizar una fiesta folclórica de carácter local, que a la postre sirvió de modelo a la propuesta que aderezaría Adriano. La Corporación Festival Folclórico Colombiano en cabeza del Presidente del Consejo Directivo, así mismo del Director Ejecutivo y los miembros que la conforman, ha querido rendir tributi de admiración a esta pléyade de tolimenses y a quienes posteriormente aunaron esfuerzos para consolidar el proyecto que, hoy es un tangible, un capital del espíritu lúdico del pueblo tolimense y desde luego un ícono: "Patrimonio Cultural y Artístico de la Nación", del que nos sentimos orgullosos y muy comprometidos, razones que nos generan el deber de seguir trabajando mancomunadamente en la preservación de la fiesta más representativa y autóctona del calendario folclórico colombiano.

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